Como la mayoría de personas de mi edad (o al menos con las
que yo me relaciono) he crecido en una familia con ideas bastante anticuadas.
Eso deja de tener tanta importancia cuando te independizas, pero con las
reuniones y comidas familiares vuelve la incomodidad.
He tenido infinidad de discusiones con mi familia por temas relacionados con política, igualdad o religión, y todas siempre tienen algo en común: yo intento argumentar (con tranquilidad y respeto) mis opiniones, y a cambio recibo nervios, malas contestaciones y sentir que hablo con una pared. Al final hasta yo pierdo los nervios.
Para más inri, mi familia tiene un bar como negocio
familiar. Por lo tanto, los cuñadismos y la tendencia a opinar de cualquier
cosa sin tener ni idea han estado siempre a la orden del día. Además, y no sé
por qué, en mi familia siempre se ha tenido más en cuenta la opinión ajena. Por
poner un ejemplo, más de una vez he tenido que demostrar a mi madre que lo que
yo decía era cierto ante un tercero. Cosas de la jerarquía familiar antigua,
supongo, esa que dicta que los padres siempre tienen razón ante los hijos y
punto.
Así que al final acabo decidiendo no tocar ninguno de estos
temas, y si por casualidad salen ignorar las barbaridades que puedan decir al
respecto. Va en contra de mis principios claro, porque cuando escuchas cosas
como “mira que poner a una mujer como ministra de defensa”, “qué vergüenza que
los padres vayan a tener ahora un mes de paternidad” o “qué horror tener que
ver a dos maricones besarse por la calle”, cuesta mucho morderse la lengua.
Simplemente me limito a decir “tengo una opinión diferente” y ya está. Además y
por lo general son personas que no tienen un nivel de conversación muy elevado,
o simplemente son muy cerradas de mente. En la comida de Navidad recuerdo que
intenté hablar con alguien de la mesa sobre teorías que explican la diferencia
anatómica entre hombres y mujeres, y desde la primera frase se me quedó mirando
como si le estuviera hablando en chino. Tampoco faltó la típica señora mayor
diciendo que “debéis tener más hijos, uno solo sale tonto”. “Como su nieta, ¿verdad
señora?”, le contesté yo (porque su nieta es hija única, y más lista que todos
los que estaban sentados en esa mesa juntos). Y es que por ahí no paso, que me
digan a la cara lo que debo hacer y encima llamen tonto a mi hijo. Amos hombre.
Además es curioso, los que más se creen con derecho a opinar
de la vida de los demás y a decirte lo que debes hacer son los que más follones
tienen armados en sus casas. Mi teoría es que como no saben gestionar sus vidas
tienen que andar metiéndose en las de los demás.
El resto de tomas de contacto con mi familia son más light y
fáciles de gestionar, normalmente por chat o teléfono. De todas formas, alguna
que otra perla aparece también. La última fue cuando mi madre me dijo esta
semana que los empresarios tienen que estar pagando las bajas maternales de las
madres. Yo le dije que eso no era cierto, que el sueldo lo paga la SS, pero
ella erre que erre y que a ver qué me jugaba yo a que ella tenía razón. Le pasé un pantallazo de internet
corroborando lo que yo le decía. Luego me dijo que se estaba refiriendo a la cotización, pero hay formas para que los empresarios la tengan bonificada. Su respuesta final fue que “pues me puedo equivocar,
pero en el bar no dicen esto”. Los bares, esos lugares fuente de sabiduría
eterna y cuñados a raudales.
En fin, me toca ir a comer otra vez con ellos a finales de enero y ya tengo flojera. Que los aprecio, pero están muy locos.

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