1 de diciembre de 2016

Sobre la maternidad

Hace más de dos años tomé la decisión de tener un bebé. Era algo que nunca me había hecho demasiada gracia, sobre todo y entre otras cosas porque el mayor precio lo paga la madre.
La sociedad sigue siendo muy injusta, el peso de la crianza lo siguen asumiendo las mujeres en gran medida, y es el cuerpo femenino el que debe pasar por el embarazo y sus consecuencias. Y estoy siendo muy escueta, porque de la opinión que tengo sobre este tema y las impresiones recibidas de mucha gente (personas con opiniones machistas o que se meten en tu vida privada diciéndote lo que debes o no hacer) podría escribir una enciclopedia.


Por suerte (sí, “suerte”, ya que por desgracia sigue siendo algo poco común) mi pareja es un hombre que asume su responsabilidad en este asunto, y eso fue lo que me convenció a compartir su deseo de tener un hijo. Por supuesto corrí el riesgo de que al tener el bebé mi pareja no cumpliera con mis expectativas, pero si conoces bien a la persona que está contigo creo que te puedes hacer una idea de cómo va a reaccionar.

Cuando supe que estaba embarazada pasé mucho miedo, más que en toda mi vida. En ese momento también estaba superando mi primer brote de depresión (el peor de todos), y eso agudizó mi angustia. Recuerdo que solo quería que existiera un botón para poder apretarlo y volver atrás.  Por fortuna ese estado no duró demasiado, y además no tuve efectos secundarios indeseables como vómitos o dolores. Lo que más me afectó fue la acidez en el tercer trimestre (nada que no se pueda arreglar con un poco de medicación), y el agotamiento del último mes. El parto también fue muy largo y muy a mi pesar tuvieron que practicarme una episiotomía (pequeña, por suerte).

A partir de ese momento solo recuerdo cansancio y más cansancio. Al principio es normal que si decides dar el pecho, como en mi caso, tengas que dedicarte a esa tarea a menudo tanto de día como de noche, y que no tengas prácticamente tiempo ni de respirar por todo lo que la llegada del bebé conlleva. El problema es cuando esa situación se alarga demasiado y tu bebé no está por la labor de adquirir unos hábitos de sueño saludables.
Esto tuvo consecuencias importantes para su padre y para mí: enfermedades, discusiones, deterioro de la relación… todo debido a la falta de sueño. Y sí, superados los primeros meses llegamos a tener algo de tiempo para nosotros, pero cuando no duermes cualquier minuto que tienes libre lo aprovechas para tirarte en la cama a morir (especialmente yo, que siempre he sido de dormir mucho), así que no teníamos forma de liberar nuestra mente con otras aficiones. Pudimos pedir ayuda a algunos familiares pero no fue suficiente, en poco tiempo volvíamos al agotamiento inicial. 

Ha habido épocas muy duras en mi vida, creedme, pero nada como esto. No sabéis cómo llegué a envidiar a las madres y padres con bebés que desde el primer día dormían como angelitos muchas horas seguidas, y que podían llevárselos a cualquier lugar sin que se formara un escándalo. Nosotros pasábamos varios días en los que habríamos dormido unas ocho o diez horas en total.

Ahora que nuestro bebé empieza a dormir toda la noche e interactúa más con nosotros es cuando empezamos a disfrutar: jugamos, salimos a dar paseos... Además se acuesta pronto, lo que nos deja algo de tiempo antes de ir a la cama. 

Y después de todo esto, ¿me arrepiento de haber tenido a mi hijo?, desde luego no, rotundamente. Vivo experiencias y sentimientos que de otra forma no habría podido experimentar, pero hay que seguir desmontando el mito de la maternidad, eso que nos venden a las mujeres como algo maravilloso sin mencionar que en más de una ocasión nos tiraríamos por una ventana. Aunque no entiendo esa intención de querer ocultar lo evidente, supongo que está relacionado con no querer ser identificadas con lo comúnmente llamado “malas madres”, sumado al postureo de querer demostrar siempre lo felices que somos y lo bien que nos va todo. Y no, cuando tienes unas ojeras que llegan al suelo y parece que acabas de salir de una bacanal no cuela.

Hay que tener claro que un mal padre y una mala madre son otras cosas, no personas que acepten que tener un hijo tiene sus dificultades. Así que si estáis pasando por este trance, ¡mucho ánimo!, no estáis solos, compartid vuestras inquietudes con personas positivas que sepáis que os pueden ayudar. 

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